Reglas para la dirección del espíritu

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Reglas para la dirección del espíritu

Título Reglas para la dirección del espíritu
Autor René Descartes
Año 1628

Las «reglas» de Descartes se enmarcan en la tarea más ambiciosa de englobar todo el cuerpo de conocimientos científicos bajo la mathesis universalis, que debía corresponder a un «organon» unitario y sin fracturas del conocimiento de todo lo que hay.

El problema del cuerpo en este punto está relacionado con lo que Descartes llama «facultades del conocimiento». Allí da cuenta del cuerpo como una herramienta no primaria, pero indispensable para ciertos conocimientos más «imperfectos» que los de la matemática, a saber, la totalidad de la ciencia empírica.

Facultades involucradas en la producción del conocimiento[editar]

  • Sensación: la sensación es la capacidad de la receptividad de los objetos externos. Éstos imprimen una «figura» en el órgano sensible, como un ello en la cera. Esto dio lugar a lo que se llamó una «teoría simbólica de la percepción sensible». Esta teoría se comprende con la física cartesiana: dado que todo lo que hay son extensiones y movimientos.
  • Imaginación: el sello que los objetos externos imprimen a través de los órganos sensibles se mantiene en la segunda facultad: la imaginación. La imaginación es una facultad ubicada en el cerebro que emplea los sellos de las figuras.
  • Memoria: la memoria es la facultad que mantiene los sellos de la fantasía.
  • Espíritu: es la única facultad «absolutamente distinta» del cuerpo. Sus funciones pueden aplicarse a las otras facultades de modo que:
    • Aplicada a la sensación: percibe
    • Aplicada a la imaginación: imagina
    • Aplicada a la memoria: recuerda
    • Actúa sola: inteligir o comprender (un problema matemático)

Las primeras tres facultades pertenecen al cuerpo, es decir, las tres primeras son facultades cuyo funcionamiento puede explicarse enteramente por vía mecánica. Al hacer esto, Descartes no necesita adjudicar un «alma» (vegetativa o animal) a los animales y las plantas, ya que puede explicar sus percepciones, su memoria y su comportamiento en base a estos mecanismos, sin el «plus» cognoscitivo que viene implicado en la presencia del espíritu racional.