Angustia y vida pulsional

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Angustia y vida pulsional

Título Angustia y vida pulsional
Autor Sigmund Freud
Año 1932-1936

Angustia y vida pulsional es la 32° conferencia dictada por Sigmund Freud, parte de una serie de conferencias dictadas entre 1932 y 1936.

Resumen[editar]

La descomposición de la personalidad anímica en un syo, un yo y un ello nos obligó a adoptar otra orientación en el problema de la angustia. El yo es el único almácigo de angustia, sólo él puede producirla y sentirla. No sabíamos que sentido tendría decir angustia del ello o del syo. Las tres principales variedades de angustia – realista, neurótica y de conciencia moral – pueden ser refieridas a los tres vasallajes del yo, respecto del mundo exterior, del ello y del syo. Ha pasado al primer plano, la angustia como señal ante el peligro y pierde interés la pregunta por el material con que está hecha y se aclaran los vínculso entre angustia realista y neurótica.

Ahora, no es la represión la que genera la angustia, sino que la angustia crea la represión (está de fondo el caso de una fobia por complejo de Edipo) ¿Qué clase de angustia?, realista. El varoncito siente angustia ante una exigencia de su libido, aquí ante el amor a su madre; pero le aparece como peligro interno sólo porque convoca un peligro externo. ¿Cuál es ese peligro real?, el castigo de castración. Ante todo lo decisivo no es que se ejecute de hecho, sino que amenace de afuera y el niño crea en él. La angustia de castración es uno de los motores más frecuentes e intesos de la represión y, con ello, de la formación de neurosis. No es el único motivo de la represión. En las niñas surge, en su reemplazo, la angustia a la pérdida de amor, que se dilucida como continuación de la angustia del lactante, cuando echa de menos a la madre. Si la madre está ausente o ha sustraído su amor al hijo, no es seguro la satisfacción de ls necesidades. Estas condiciones repiten en el fondo la situación de la originaria angustia de nacimiento, que también implicó una separación de la madre y Ferenezi incluye la angustia de castración esta serie, pues la castración tiene por consecuencia la imposibilidad de una reunificación con la madre o con su sustituto en el acto sexual.

A cada edad del desarrollo le corresponde una determinada condición de angustia, y por lo tanto, una condición de peligro como la adecuada a ella. Al desvalimiento psíquico en la temprana inmadurez del yo, a la pérdida del objeto de amor en la heteronomía de la primera infancia, al pelgiro de castración, en la fase fálica y la angustia ante el syo en el período de latencia. Las situaciones de peligro van siendo desvalorizadas por el fortalecimiento del yo. Pero ésto ocurre sólo parcialmente. Es evidente que los neuróticos permanecen infantiles en su conducta hacia el peligro, y no han superado condiciones de angustia anticuadas.

En cuanto a las vínculos entre angustia y represión se averiguan dos cosas: que la angustia crea a la represión, y que la situación pulsional temida se remonta a una situación de peligro exterior. ¿Cómo nos representamos el proceso de una represión bajo el influjo de la angustia? El caso de la represión es aquel en que la moción pulsional sigue siendo motivo del ello y el yo se siente endeble. Entonces el yo dirige una investidura tentativa y suscita el automatismo placer – displacer mediante la señal de angustia, automatismo que ahora lleva a cabo la represión e la moción pulsional peligrosa; claro que todo esto tiene que ser un cierto proceso, no cc ni prcc, entre montos de energía en un sustrato irrepresentable. Tras la señal de angustia son posibles diversas reacciones o una mezcla de ellas. O bien el ataque de angustia se desarrolla plenamente y el yo se retira por completo de la excitación chocante, o bien, en lugar de salirle al encuentro con una investidura tentativa, el yo se hace con una contrainvestidura, y ésta se conjuga con la energíade la moción reprimida para la formación de síntoma o es acogida en el interior del yo como formación reactiva, como refuerzo de disposiciones, como alteración permanente.

El carácter, que es atribuible por entero al yo, se conforma por la incorporación de la anterior instancia parental en calidad de syo, luego identificaciones con ambos progenitores en un época posterior, y con otras personas influyentes, así como identificacionescon objetos resignados. Agreguemos las formaciones reactivas del yo que adquiere primero en sus represiones y, luego, a raíz de los rechazos de mociones pulsionales indesedas. ¿Qué ha pasado con la moción pulsional combatida?, ¿qué acontece con la energía? Antes suponíamos que ésta era mudada en angustia por la represión; es probable que el destino no sea el mismo en todos los casos. Es probable que haya una correspondencia íntima entre lo que ocurre en el yo y lo que sobreviene en el ello con la moción reprimida. El principio de placer – displacer que interviene en la represión, rige los procesos en el interior del ello. Podemos concederle que provoca alteraciones muy profundas en la moción pulsional en cuestión. Esperamos entonces que la represión conlleva diversos resultados. Permanece del yo, es destruida y su energía es conducida de manera definitiva por otroas vías o sucede una degradación libidinal, na regresión de la organización libidinal a un estadio anterior, dentro del ello y bajo el influjo del conflicto iniciado por la señal de angustia.

La neurosis neurótica ha quedado reducida a una realista por su referencia a un peligro externo. Pero, ¿qué es en verdad lo peligroso, lo temido de tales situaciones de peligro? No es el daño de la persona que podría juzgarse objetivo, sino lo que él ocasione en la vida anímica: lo temido, el asunto de la angustia, es en cada caso la emergencia de un factor traumático que no pueda ser tramitado según la norma del pp. Factor traumático es un estado de elevada tensión que sea sentido como displacer y del cual uno no pueda enseñorarse por vía de la descarga. Se trata de un problema de cantidades relativas. Sólo la magnitud de la suma de excitación convierte a una impresión en factor traumático, paraliza el principio de placer, y confiere significativad a la situación de peligro.Sólo las represiones más tardías muestran el mecanismo descrito, en que la angustia es despertada como señal de una situación de peligro. Las primeras y originarias, nacen directamente a raíz del encuentro del yo con una exigencia libidinal hipertrófica proveniente de factores traumáticos, crean su angustia como algo nuevo aunque según el arquetipo del nacimiento. Acaso lo mismo salga para la neurosis de angustia. Ya no afirmamos que sea la libido misma la que se muda entonces en agustia. Doble origen de la angustia: como consecuencia directa del factor traumático y en el otro como señal de que amenaza la repetición de un factor así.

Respecto de las pulsiones. Son seres míticos, grandiosos en su indeterminación.

Resumen de “pulsiones y...”

Diferencia entre pulsiones sexuales y yoicas. Las primeras llaman la atención por su plasticidad, la capacidad de cambiar de vía sus metas, la facilidad con que admiten subrogaciones y su posible diferimieto. Las segundas son imperativas, no admiten diferimiento, son inflexiles y mantienen una relación distinta con la angustia y la represión. Mas esto concierte sólo al hambre y la sed y ello tiene por base la particularidad de las fuentes.

Modo en que la vida pulsional sirve a la función sexual. No se discierne una pulsión sexual que desde el comienzo mismo haga de portadora de la aspiración a la meta sexual, la unión de las dos células genésicas. Vemos un gran número de pulsiones parciales, provenientes de diversas partes y regiones del cuerpo, que con independencia recíproca pugnan ppor alcanzar una satisfacción a través del placer del órgano. Entre estas zonas erógenas los genitales son las más tardías. No todas serán acogidas en la organización definitiva de la función sexual. Serán dejadas de lado mediante represión u otra vía; otras sirven para la producción de placer previo. Pueden discernirse varias fases de una organización provisional. Llamamos oral a la primera; luego los impulsos sádicos y anales; en tercer lugar la fase fálica, en que el miembro viril y su correspondiente en la niña, adquieren signifcación. Se reserva el nombre de fase genital para la organización sexual definitiva tras la pubertad, donde los genitaoes femeninos hallan por primera vez reconocimiento.

Nuestra teoría de la libido tuvo por base la oposición entre pulsiones yoicas y sexuales. Cuando comenzamos a estudiar mejor el yo y asimos el punto de vista del narcisismo, ese distingo perdió fundamento. El yo es siempre el princiapl reservorio de libido de él salen y a él regresan, mientras la mayor parte permanece continuamente en el yo. Pero entonces libido yoica y de objeto pueden ser de distinta naturaleza, no se puede separar una energía de otra. No se permaneció largo tiempo en ésto. La oposición tomó una expresión otra. Suponemos que existen dos clases de pulsiones, las sexuales – Eros – y las de agresión cuya meta es la destrucción. Lo hacemos en virtud de las consideraciones generales a las que nos llevó el fenómeno del sadismo y del masoquismo. Hablamos de sadismo cuando la satisfacción sexual se anuda a la condición de que el objeto sexual padezca dolores, maltratos y humillaciones, y de masoquismo cuando la necesidad consiste en ser uno mismo ese objeto maltratado. Cierto ingrediente está presente en la relación sexual normal; se designan pervesiones cuando refrenan las otras metas y las reemplazan por las propias. Son fenómenos harto enigmáticos y, muy en particular, el masoquismo.

Creemos que el sadismo y el masoquismo son dos ejemplos paradigmáticos de mezcla de pulsiones, presente en todas las mociones pulsionales, con las más diversas proporciones. Las pulsiones eróticas introducirían en la mezcla la diversidad de sus metas sexuales, en tanto que las otras sólo consentirían anminoramientos y matices de su monocorde tendencia. Las mezclas puedn descomponerse con las más serias consecuencias para la función.

Prescindamos de los componentes eróticos del masoquismo. Tenemos en el masoquismo una aspiración que tiene por meta la desutrcción de sí. Si respeto de la pulsión de destrucción también es válido que el yo o el ello – pensamos en la persona total –, incluye dentro originariamente dentro de sí todas las mociones; obtenemos la concepción de que el masoquismo es anterior al sadismo y este es la pulsión de destrucción vuelta hacia afuera, que cobra así el carácte de agresión. Algún tanto permanece en el interior; sólo podemos percibirla bajo dos condiciones: masoquismo (donde se reúne con pulsiones eróticas) o hacia afuera como agresión – con un maayor o menor suplemento erótico –.

Cabe suponer que en el momento en que un estado sufre una perturbación, nace una pulsión a recrearlo, produciendo los fenómenos de una compulsión de repetición. Se expresa así la naturaleza conservadora de las pulsinoes. Nos ha llamado la atención que las vivencias olvidadas y reprimidas de la primera infancia, se reproduzcan en el curso del trabajo analítico en sueños y reacciones, en particular la de transferencia, y ello no obstante más allá del principio de placer. También fuera del análisis, en la neurosis de destino, por ejemplo.

¿En qué contribuirá el rasgo conservador de las pulsiones para entender nuestra autodestrucción? Si es cierto que alguna vez la vida surgió de lo inanimado, tiene que haber nacido entonces una pulsión que quisiera volver a cancelarla; expresión de una pulsión de muerte que no puede estar ausente en ningún proceso vital.

Entonces las pulsiones se nos separan en las eróticas, que quieren aglomerar cada vez más sustancia viva en unidades mayores, y, las pulsiones de muerte que contrarían ese afán, y reconducen lo vivo al estado inorgánico. De la acción conjugada y contraria, surgen los fenómenos de la vida. Admitimos dos pulsiones básicas, y dejamos a cada una su propia meta.

El punto de partida de estas reflexiones sobre las pulsiones fue la impresión derivada del análisis, de que el paciente que ofrece la resistencia, muchas veces nada sabe de ella. Y no sólo la resistencia, sino también sus motivos. El motivo lo hallamos en una intensa necesidad de castigo que sólo podríamos calificar entre los deseos masoquistas. Esa necesidad de castigo es el peor enemigo de nuestra labor analítica. Se satisface con el padecer neurótico, y por ello se aferra a esta condición. Parece intevenir, este factor, en toda contraacción de neurosis.

Esta necesidad de castigo se comporta como un fragmento de conciencia moral, como su continuación en lo icc, por tal ha de tener que el mismo origen y corresponder a una porción de agresión interiorizada y asumida por el syo. Es probable una distribución entre yo, ello, syo respecto de la agresión que regresa del mundo exterior. En la institución primera del syo se utilizó un fragmento de la agresión hacia los padres; es probable que luego siga ese camino abierto.

En las personas en que es potente esa necesidad de castigo se observa en el tratamiento, la reacción terapéutica negativa. Cuando se las comunica la solución de un síntoma, lo que con ellas se consigue es un refuerzo del síntoma y del padecimiento. Se elogia su comportamiento o se pronuncian palabras de esperanza, y el cuadro empeora.