Ética homérica

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Como sabemos, los orígenes se remontan a Grecia, nuestros orígenes como pensadores. La ética es algo que nos ha acompañado a lo largo de nuestra existencia, pues bien, no es menor su influencia en relatos como la Ilíada. La moral heroica es un tema tratado en el libro y pone de manifiesto su endeblez. Usaré para este artículo los apuntes del profesor de la Universidad del País Vasco Juan Carlos Rodríguez sacados de la asignatura Antropología de la Grecia Clásica, así como el libro del profesor Emilio Lledó, Memoria de la ética: una reflexión sobre los orígenes de la theoría moral en Aristóteles,[1] centrado en el primer capítulo. También usaré el libro de Homero[2] para alguna cita.

Parte 1-Moral Heroica[editar]

La Ilíada es deudora de toda una tradición anterior oral. Se discute aún si fue primero compuesta oralmente y luego escrita o si sólo se escribió. Los hechos que se narran, de lo que no me ocuparé, se datan hacia la época de la Edad Oscura. En el mundo épico, la moral es agónica en sentido de enfrentamiento. El agón es algo muy representativo de la sociedad griega en tanto que se forma la democracia, su significado es el de enfrentamiento pero en el sentido de disputa verbal como pudiera ocurrir, por ejemplo, en el ágora. Los héroes eran los reyes, basilei, y todos eran iguales en cuanto a rango mientras que no había ninguno por encima. No había un basileús de basilei. El resto conformaba el grueso de la tropa, laoi, mientras que el rey era llamado promachoi significando el que combate en primera fila. Los combates se convierten así en un cuerpo a cuerpo entre héroes y no a lo que hoy en día estamos acostumbrados. Eran nobles, aristoi, un rango que les viene de nacimiento y se suponían los mejores en algo. Se les aplicaba el aristeuein, el deber de sobresalir en el combate convirtiéndose en una obligación para con el resto. Debían también demostrar por qué lo eran y seguir mereciendo esa cualidad, debiendo para ello matar a otros en el combate y siendo este otro aspecto de esta moral griega. Asociado a esto debían sobresalir también con la palabra, destacar en el ágora, habiendo siempre un ganador y un perdedor. Cumpliendo con estas asignaciones el héroe conseguiría la excelencia, areté, siendo además un esfuerzo exigido por él mismo pues si consigue esta gloria su nombre no se borrará de la historia y será una forma de inmortalidad. Este es un punto fundamental para entender el mundo épico, el kléos áphthiton, la gloria imperecedera. La única manera de alcanzarla es muriendo en combate. Pero la intención de Homero no era mostrarnos la moral de aquel entonces, sino criticarla. Así podemos ver que en el largo, maravilloso y extraordinario parlamento de Aquiles ,[3] algo que no era normal en poemas de estas características, pone en cuestión una ética que a pesar de seguirla él mismo y morir en ella sabe que no es lo mejor. Como se puede ir observando a lo largo del texto, consta de muchas repeticiones y discursos apoyados en dioses, unos dioses ausentes, mientras que este discurso del héroe por antonomasia es ya una argumentación y respuesta a lo que sus amigos más íntimos le proponen siendo mediadores entre él y Agamenón. La argumentación no es algo que sale por casualidad, está metida de manera que en el momento más crítico pueda poner la puntilla a esa moral decadente. La primera razón que da es el que nada se agradece en estar luchando durante diez largos años por algo que la mayoría de los aqueos no les incumbe como es el ultraje inferido a Menelao por parte del príncipe troyano y la esposa del aqueo. Esto se entiende mejor sabiendo que la alianza entre basilei tiene como pacto la philotes, un vínculo por el cual ninguno es más que el otro y que implica la ayuda y reciprocidad. Así se justifica la venganza y la conducta despiadada. A esto se le une la humillación por parte de Agamenón que sufre el héroe y podemos entender que

ya que para nada se agradece ("ouk tik charis") el combatir siempre y sin descanso contra los hombres enemigos. La misma recompensa obtiene el que se queda en su tienda que el que pelea con bizarría; en igual consideración son tenidos el cobarde y el valiente; y así muere el holgazán como el laborioso. Ninguna ventaja me ha procurado sufrir tantos pesares y exponer mi vida en el combate.

— Ilíada IX, §314-319

Aquí aparece la muerte como igualadora de todos los hombres. Al contrario que la moral presente, siendo la muerte la posibilitadora de una inmortalidad, hay una apología de la vida. No hay ningún tipo de diferencia cuando llega la hora de la muerte, puedes ser el mejor de los aqueos o de los teucros pero morirás igualmente. Matar y morir deja de tener sentido en la vida de Aquiles. Un diálogo de Sarpedón muestra lo contrario: hay muchos tiempos de muerte aunque en realidad sea una:

SARPEDÓN-¡Glauco! ¿Por qué a nosotros nos honran en la Licia con asientos preferentes, manjares y copas de vino, y todos nos miran como a dioses, y poseemos campos grandes y magníficos a orillas del Jano, con viñas y tierras de pan llevar? Preciso es que ahora nos sostengamos entre los más avanzados y nos lancemos a la ardiente pelea, para que diga alguno de los licios, armados de fuertes corazas: "No sin gloria imperan nuestros reyes en la Licia; y si comen pingües ovejas y beben exquisito vino, dulce como la miel, también son esforzados, pues combaten al frente de los licios". ¡Oh amigo! Ojalá que, huyendo de esta batalla, nos libráramos para siempre de la vejez, y de la muerte, pues ni yo me batiría en primera fila; ni te llevaría a la lid, donde los varones adquieren gloria; pero como son muchas las clases de muerte que penden sobre los mortales, sin que éstos puedan huir de ellas ni evitarlas, vayamos y daremos gloria a alguien, o alguien nos la dará a nosotros.

— Ilíada XII, §310-328

Y también aparece el amor cuando dice que:

¿Por qué el Atrida ha juntado y traído el ejercito? ¿No es por Helena, la de hermosa cabellera? Pues, ¿acaso son los Atridas los únicos hombres, de voz articulada, que aman a sus esposas? Todo hombre bueno y sensato quiere y cuida a la suya, y yo apreciaba cordialmente a la mía, aunque la había adquirido por medio de la lanza. Ya que me defraudó, arrebatándome de las manos la recompensa, no me tiente; le conozco y no me persuadirá.

— Ilíada IX, §332-339

Este es el suceso por el que Aquiles decide no ir a combate y es también objeto de esta reflexión. Al principio de la narración, Agamenón arrebata su recompensa, géras, elemento material por el cual la gloria es alcanzada. Sin él no hay reconocimiento, timé, por lo tanto sin estos pequeños pasitos no alcanzará su tan ansiado sino. Podemos entender que "en nada se agradece" ya que, epei, si muere lo hará sin gloria como uno más y es preferible irse de allí como aconseja a sus allegados Odiseo, Ayante y Fénix. Este "ya que" es un elemento muy importante, mientras que a lo largo del texto se van dando fórmulas más o menos hechas de acuerdo con la rima y ritmo del poema (recordemos que es lo que es, un poema recitado por un aedo o juglar) aquí encontramos una base de razonamiento. Es importante entenderlo porque aquí se desmarca de la tradición y pone la puntilla a esa moral que estamos tratando. Habla ya del hombre general, algo muy significativo si bien antes quien tenia renombre eran los ya nombrados basilei, e incluso se pronuncia de manera universal cuando dice "todo hombre bueno y sensato", hostis aner agathós. Lo más excepcional de la épica y algo que no se da nada más que aquí son los términos subrayados, puesto que nunca van unidos. Encontramos también una contradicción en el modelo heroico. En principio son hombres cuya obligación es defender a la comunidad por ese pacto que les viene dado de por sí, pero por encima de todo ponen su interés particular arrastrando a la comunidad también a la desgracia. Por encima de las vidas de todos está la gloria y está muy bien representado en el texto por el papel que juega Héctor, ya que primero es "domador de caballos" y acaba siendo "el que mata a los hombres".

Parte 2-Capítulo primero, El mundo homérico[editar]

Homero es considerado el educador de Grecia ya que los primeros filósofos que hubieron de enfrentarse a una primigenia concepción del mundo habitado por dioses y hombres tenían noticias de este y a partir de él empezaron a vislumbrar todo a su alrededor. Pero sobre todo iba dirigido a la forma de sociedad que había y que es lo que más adelante determinaría el espacio de la moral. Este es social, donde los héroes habitan, y proclaman sus hazañas y hechos, por lo que la ética no es una doctrina sino práctica. Los hechos son los que determinan el êthos y no la reflexión o la experiencia. Podemos hacernos una idea con lo siguiente:

La aceptación de ese êthos fruto de lo colectivo, conforma, también, la estructura de lo individual. El êthos no es sólo cauce por donde fluyen los individuos y por donde más fácilmente se armonizan sus contradicciones, sino que en esa lucha, que cada ser se ve obligado a llevar para incorporarse a lo colectivo, se configura una nueva forma, histórica ya, de individualidad.

Memoria de la ética. 2."Somos lo que hacemos", pág. 24

Tras los héroes, esa organización social basada en el rey y el aspecto de la guerra se queda ya en un sinsentido por lo que todo toma la dirección de la nueva comunidad que será la polis. Por eso que discutan y hablen ellos, los héroes, es un factor determinante en ese nuevo camino, la palabra une a todos para crear la más importante institución: la ciudad-estado griega. Además con el lenguaje se conseguirá modificar conductas y nuevas formas de sociabilidad. El poder será organizado en torno a la palabra y así será posible también romper con la guerra que todo lo articulaba hasta entonces. En la Ilíada, como hemos visto, encontramos una serie de valores pero sobre todo los héroes están condicionados:

La efímera existencia que viven está marcada por un esfuerzo continuo. Vivir es combatir.

Memoria de la ética. 8."La fama del héroe", pág. 33

Notas y referencias[editar]

  1. LLEDÓ, Emilio. Memoria de la ética: una reflexión sobre los orígenes de la theoría moral en Aristóteles. Taurus (1994)
  2. HOMERO, traducción de Luis Segalá y Estalella, introducción de Javier de Hoz. Ilíada. Austral (1ª edic. 1954, 41ª edic. 2007)
  3. Ilíada, pag. 195-197, §308-429.